Se habla de… La Arquitectura de la Felicidad

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Hoy mostramos un resumen del libro La Arquitectura de La Felicidad de Alain de Botton hecho por Silvia Carbonell Miró.

 

Silvia Carbonell MiróArquitecta de raíces artísticas, inquieta y muy observadora. Vulnerable a los espacios y lectora voraz, le gusta generar conexiones. Aprende por emoción.

 

LA ARQUITECTURA DE LA FELICIDAD

¿Cuál es el objetivo de la arquitectura? Hacer visible lo que podríamos ser. La mayoría de nosotros debatimos entre anular nuestros sentidos permaneciendo insensibles a nuestro entorno o reconocer que quizá nuestra identidad esté conectada con nuestros emplazamientos. Quienes conocen la trascendencia de la arquitectura saben que para bien o para mal, somos personas distintas en lugares distintos. ¿Puede una simple habitación tener poder para sacar a relucir lo mejor de nosotros? Si así fuera, ¿qué experimentaríamos en aquellos entornos donde estamos obligados a vivir y cuya mejora no está a nuestro alcance? Imaginemos que logramos los objetivos propuestos, evitar la ausencia de belleza.

Sin embargo, no es sencillo adivinar los efectos que un lugar con encanto puede tener sobre nosotros. Puede contribuir a una mejora de nuestro estado anímico en ocasiones, e incluso, a ser capaz de evadir nuestra tristeza.

En un estudio de los edificios de la ciudad de Venecia, el crítico de arte John Ruskin, admitió que pocos venecianos mostraban admiración por su ciudad, uno de los lugares con más riqueza artística del mundo. La arquitectura carece de poder para ordenarnos nada. La arquitectura nunca nos impone, nos invita a seguir su ejemplo y somos nosotros los que hemos de comprender su mensaje. 

Museo Bode. Ernst Von Ihne

Paul Tillich cuenta en sus memorias que el arte le dejaba frío cuando era un niño mimado exento de problemas. Cuando llegó la Primera Guerra Mundial se refugió en el Museo Kaiser Friedich de Berlín, hoy conocido como Museo Bode, y allí tropezó con la obra de Botticelli y se sorprendió a sí mismo sollozando desconsoladamente.

¿Tiene sentido pensar que muchas cosas bellas adquieren valor cuando se ven expuestas a conversar con el dolor? Lo que nos rodea inevitablemente nos afecta y nos transforma en seres vulnerables. Cada uno de nosotros le pedirá algo distinto a un edificio, unos la búsqueda de eficacia como Le Corbusier, otros que tenga un determinado aspecto, que contribuya a crear un ambiente específico,… y como señala John Ruskin en una visión más integradora: “En un edificio buscamos dos cosas: queremos que nos sirva de refugio y queremos que nos hable de lo que consideramos importante y necesitamos que se nos recuerde”.

Porque sí, los edificios hablan, de prestancia o de vulgaridad, de bienvenida o de amenaza, de vanguardia o de anclaje al pasado; hablan de valores, promueven estados de ánimo, ensalzan estilos de vida y nos invitan a ser una clase de persona concreta. Una cuestión que ayuda mucho es preguntarse: ¿De qué queremos que hablen nuestros edificios? Algo importante a destacar es que las obras extraordinarias, incluso con buenas críticas arquitectónicas al respecto, pueden ser a su vez inhabitables y dañinas para la salud psicológica del usuario final. Este libro habla de algunas de ellas, mencionando además, al autor de las mismas. A partir de ahí, cada uno debemos sacar nuestras propias conclusiones.

Los humanos tenemos la capacidad de percibir semejanzas entre los diseños y el tipo de carácter humano que tendrían. Es el mundo psicológico de los edificios. Ya Vitruvio emparejó los órdenes clásicos con los arquetipos humanos de la mitología griega, por lo que, no parece un sinsentido pensar que cada obra arquitectónica nos quiere transmitir determinados mensajes, virtudes o principios morales. La columna dórica, marcial como Hércules, la jónica imperturbable como Hera y la corintia de aspecto esbelto como Afrodita.

palacio ducal urbino
Palacio Ducal de Urbino

El psicólogo Rudolf Arnheim pidió en una ocasión a alumnos que relacionaran un estado de ánimo apacible y violento con un dibujo. El resultado, curvas sinuosas y picos respectivamente. Es fácil evocar que algo recto insinúa seriedad y lógica, por el contrario, algo curvo muestra elegancia despreocupada, entusiasmo y desenvoltura. Si un boceto tiene esa capacidad de invocar, cuando se trata de un edificio su efecto es mucho mayor. Un buen ejemplo de ello es el Palacio Ducal de Urbino que nos habla de serenidad mientras que la catedral de Bayeux lo hace de intensidad. Sería fantástico si existiera un diccionario a modo de catálogo que relacionara medios y formas con ideas y emociones describiendo las implicaciones expresivas de cada elemento. Quizás nos convertiríamos en seres más conscientes de nuestro entorno.

¿Es significativo interrogarse acerca de por qué es importante diseñar edificios que comuniquen determinados sentimientos e ideas? Y de por qué somos tan vulnerables a los que nos afectan negativamente. Posiblemente confiamos en que nuestro entorno nos recuerde lo que necesitamos por dentro, que encarne y legitime el nombre de “hogar”, entendido como refugio donde la armonía de nuestro entorno cercano se asimile con la nuestra. Que ambas melodías se acoplen. Que no nos produzca incomodidad, que nos haga creer que la vida merece la pena, que las relaciones son sinceras, que la gente es generosa y que estamos a salvo. Hogar puede ser una biblioteca, una cafetería, un jardín e incluso una tienda de campaña. Un lugar donde no tengamos miedo de mostrarnos vulnerables.

Ya la arquitectura religiosa se basaba en el concepto de que el lugar donde estuviéramos determinaría lo que somos capaces de creer. Ésta tiene la capacidad de reforzar una creencia, tal como hacían los edificios del islam o del cristianismo. Algunos teólogos afirmaron que los edificios magníficos tenían la capacidad de perfeccionarnos tanto moral como espiritualmente. Según esta ecuación entre belleza y bondad, la arquitectura tomaría una importancia mayor, de gran responsabilidad.

Villa Rotonda. Palladio

La Villa Rotonda de Palladio fue un claro ejemplo de una casa que reflejaba los ideales de los propietarios. Más tarde, hubieron otras más contemporáneas como la casa Malaparte, proyectada para un escritor que, a pesar de las sombras de su personalidad, le ayudó a orientarse hacia su lado más noble. Por lo general, tendemos a considerar bello lo que contiene las cualidades de las que carecemos nosotros o nuestras sociedades. ¿Es razonable suponer las mismas cualidades y valores en nosotros que encarnan los edificios que nos atraen?

Otro punto a debatir sería lo que cada uno de nosotros consideramos bello. Algunas de las construcciones más hermosas no están exentas de la decadencia que impone el tiempo. Techos agrietados, manchas de humedad, construcciones devastadas,… Es propio de la naturaleza triturar las obras de los humanos. En este sentido, las ruinas del mundo clásico nos ofrecen una gran lección. Sigmund Freud en su Ensayo “Sobre lo transitorio” (1916) recordaba un paseo sobre Los Dolomitas con el poeta Rainer Maria Rilke, que acentuaba en su discurso el paso del tiempo y la inevitable fugacidad de la arquitectura, mientras que para Freud la capacidad de amar algo, por frágil que fuese, era signo de salud mental. El propósito último siempre será encontrar nuestro equilibrio.

Casa Malaparte

¿Puede la arquitectura garantizar la felicidad? En sociedades donde reina el desconcierto y el peligro, subyace una necesidad de calma que podría traducirse en espacios minimalistas. Por contra, en sociedades donde la vida es predecible, rutinaria y demasiado segura, se anhelan fuertes estímulos y emociones con una fuerte llamada al desorden. Los historiadores han señalado que los individuos cultivados del siglo XVIII que habitaban en palacios y vivían vidas muy convencionales, tenían la necesidad de retirarse en vacaciones en casas de campo y leer poemas bucólicos para corregir estos excesos.

Indudablemente, todos queremos estar en espacios donde se nos anime a fomentar estados beneficiosos en nuestro interior. Y debido a ello, convertirnos en seres honorables, íntegros.

La psicología del gusto puede ayudarnos a deshacernos de la idea de que solo hay un estilo visual aceptable. Cuando comprendemos que la diversidad de estilos es consecuencia de nuestras necesidades interiores nos relajamos instantáneamente. Un ático racional de paredes blancas y de orden inmaculado puede ser el hogar de alguien con impulsos anárquicos. Y una casa de colores llamativos, carpinterías redondeadas y materiales curvos podría ser la vivienda de alguien excesivamente burocrático. Valoramos ciertos edificios por su capacidad de fomentar emociones y si tienen el poder de modificar nuestras actitudes también nos seducirán. Al fin y al cabo, lo que buscamos en una obra de arquitectura no está tan alejado de lo que buscamos en un amigo. Lo que describimos como maravilloso es una versión de la gente a la que queremos. ¿De quién querrías tú ser amigo?

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